Estoy acostumbrado a acostumbrarme / con el insignificante sentido de las palabras / y no sé si el hombre le dio horas al tiempo / o el tiempo horas al hombre. Estoy libre en mis prisiones / calma siniestra por escapar / y no sé si los dioses crearon / el mundo para los hombres / o los hombres el mundo para los dioses / Estoy viviendo mi muerte / tácito pasillo que aborrece de oscuridad / y no sé si soy yo quien intenta escribir / o escribe quien intenta ser yo. "Hombre" de Fabricio Simeoni

15 de junio de 2017

Steve Vai en Rosario

Steve Vai
-      -  ¿Y si vamos a ver a Steve Vai?
La pregunta de Fernando no solamente sonaba a invitación, sino también a empujoncito hacia la boletería virtual de venta de tickets, y acabó por convencerme apenas dos días antes del recital.
-   -  No encontré muy adelante, pero creo que la ubicación no es mala.
Y yo le creí. Estaba convencido que si le parecía aceptable la fila 14, era porque valía la pena ese lugar de la platea.
Finalmente, la noche llegó. Antes, esa misma tarde, estuve escuchando Passion and Warfare cuyos jóvenes veinticinco años constituían el motivo del recital y la excusa perfecta para la presentación de un guitarrista de rock de excelencia como pocas veces ha pisado Rosario.
La vestimenta con que irrumpió Vai impactaba porque todo su cuerpo (incluida la guitarra) estaba surcado por luces de diferentes colores brindándole un aspecto casi espacial, aunque el atuendo no le duró mucho en esa primera visión que tuvimos de él cuando pisó las tablas del Teatro El Círculo quince minutos después del horario previsto.
Con un formato que más tarde comprobaríamos podía moverse cómodamente del trío al cuarteto, la formación que acompañaba a Vai arrancó con una potencia demoledora.
El tributo a ese disco excepcional se fue cumpliendo sin pausas interpretando una por una todas sus canciones, intercaladas con temas de otros discos y, como viene observándose con la mayoría de los músicos que desembarcan por estas tierras, el resto de la banda estaba compuesta por gente mucho más joven y dueña de un virtuosismo arrollador.
Guitarrista fabuloso más una banda extraordinaria es un combo donde difícilmente algo pueda fallar o salirse de lugar. Y eso ocurrió en esta ocasión, donde nada sucedió fuera de libreto y donde hubo momentos de exquisitez, para la emoción, de intimidad y, obviamente, de puro rock. También hubo, y se notó mucho, un verdadero gusto por estar en ese lugar y a esa hora compartiendo su arte con todos los que colmamos el teatro.
La exquisitez apareció por el lado de las magnificas interpretaciones de Vai que, por momentos, parecían hacer estallar los parlantes y hasta el equipo mismo de sonido; la emoción se asomó en diferentes momentos desde la pantalla de alta definición que completaba la escenografía: por allí pasaron Brian May, Joe Satriani, John Petrucci y también el inolvidable Frank Zappa.
Construyeron una especie de contrapunto a la distancia entre los músicos haciendo lo suyo en el escenario e interactuando con lo que se veía y escuchaba desde la pantalla, logrando un ensamble tan ajustado como si estuvieran comunicados en esos mismos momentos.
Steve Vai y Frank Zappa
Lo intimista, la perla del recital, sucedió casi en el cierre cuando Vai bajó del escenario mientras ejecutaba una canción caminando por el pasillo de la platea; pasó a nuestro lado y hasta se dio el gusto de tocar parte del tema con una dama abrazándola por la espalda junto con su guitarra.
La ovación que coronó su regreso al escenario fue conmovedora; nos convenció que habíamos sido afortunados testigos del show de un monstruo donde la guitarra es una prolongación de su propio cuerpo y, también, del vigor de un tipo de 57 años con un dominio escénico tan elevado como cada uno de los prodigiosos riffs que desgranó durante toda la noche.
- De lo mejor que he visto, me dijo Fernando cuando terminaron los bises y buscábamos la salida del teatro.
No pude desmentirlo. Era imposible hacerlo. Las cuadras que caminamos, las cervezas y comentarios que compartimos hasta la madrugada fueron el epilogo para la admiración con la que luego nos fuimos a dormir.
No fue poco. Arrancamos con dudas y timidez para comprar las entradas y acabamos extasiados. Fue el mejor premio y también la valoración más justa para la decisión que habíamos tomado.
Y un deseo ferviente que quedó flotando en el aire: que se repita. 

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