Estoy acostumbrado a acostumbrarme / con el insignificante sentido de las palabras / y no sé si el hombre le dio horas al tiempo / o el tiempo horas al hombre. Estoy libre en mis prisiones / calma siniestra por escapar / y no sé si los dioses crearon / el mundo para los hombres / o los hombres el mundo para los dioses / Estoy viviendo mi muerte / tácito pasillo que aborrece de oscuridad / y no sé si soy yo quien intenta escribir / o escribe quien intenta ser yo. "Hombre" de Fabricio Simeoni

15 de julio de 2017

El humo de los ecos industriales

Chimeneas by Lupus
Ruidos fabriles envuelven fálicas siluetas de chimeneas inútiles; el sonido grueso, hueco, de los discursos anestesia las voces como si hasta el humo más denso se hubiese transformado en palabras, en rayos de platino o en una vulgar diatriba industrial.

Cada día, cada noche, nadie se lamentará por una, cincuenta, cien muertes; cada día, cada noche, sólo se habrá tratado de vivir o tal vez, apenas, de sobrevivir.

Ahora, las sombras son destellos eléctricos de una última tormenta, invisibles esqueletos eludiendo sin suerte las horas, los relojes de un tiempo agotado en la sintonía del espacio; en la trampa, en el vértigo silencioso de un asesino eco espiral.

Bitácora para el Barco Ebrio

14 de julio de 2017

Muestra y Presentación

video

Muestra fotográfica Vivian Maier
Casa FOLA

Presentación "El resto no presenta alteraciones" 
de Fernando V. Marquínez
Feria del Libro

Buenos Aires - Abril 2017

15 de junio de 2017

Steve Vai en Rosario

Steve Vai
-      -  ¿Y si vamos a ver a Steve Vai?
La pregunta de Fernando no solamente sonaba a invitación, sino también a empujoncito hacia la boletería virtual de venta de tickets, y acabó por convencerme apenas dos días antes del recital.
-   -  No encontré muy adelante, pero creo que la ubicación no es mala.
Y yo le creí. Estaba convencido que si le parecía aceptable la fila 14, era porque valía la pena ese lugar de la platea.
Finalmente, la noche llegó. Antes, esa misma tarde, estuve escuchando Passion and Warfare cuyos jóvenes veinticinco años constituían el motivo del recital y la excusa perfecta para la presentación de un guitarrista de rock de excelencia como pocas veces ha pisado Rosario.
La vestimenta con que irrumpió Vai impactaba porque todo su cuerpo (incluida la guitarra) estaba surcado por luces de diferentes colores brindándole un aspecto casi espacial, aunque el atuendo no le duró mucho en esa primera visión que tuvimos de él cuando pisó las tablas del Teatro El Círculo quince minutos después del horario previsto.
Con un formato que más tarde comprobaríamos podía moverse cómodamente del trío al cuarteto, la formación que acompañaba a Vai arrancó con una potencia demoledora.
El tributo a ese disco excepcional se fue cumpliendo sin pausas interpretando una por una todas sus canciones, intercaladas con temas de otros discos y, como viene observándose con la mayoría de los músicos que desembarcan por estas tierras, el resto de la banda estaba compuesta por gente mucho más joven y dueña de un virtuosismo arrollador.
Guitarrista fabuloso más una banda extraordinaria es un combo donde difícilmente algo pueda fallar o salirse de lugar. Y eso ocurrió en esta ocasión, donde nada sucedió fuera de libreto y donde hubo momentos de exquisitez, para la emoción, de intimidad y, obviamente, de puro rock. También hubo, y se notó mucho, un verdadero gusto por estar en ese lugar y a esa hora compartiendo su arte con todos los que colmamos el teatro.
La exquisitez apareció por el lado de las magnificas interpretaciones de Vai que, por momentos, parecían hacer estallar los parlantes y hasta el equipo mismo de sonido; la emoción se asomó en diferentes momentos desde la pantalla de alta definición que completaba la escenografía: por allí pasaron Brian May, Joe Satriani, John Petrucci y también el inolvidable Frank Zappa.
Construyeron una especie de contrapunto a la distancia entre los músicos haciendo lo suyo en el escenario e interactuando con lo que se veía y escuchaba desde la pantalla, logrando un ensamble tan ajustado como si estuvieran comunicados en esos mismos momentos.
Steve Vai y Frank Zappa
Lo intimista, la perla del recital, sucedió casi en el cierre cuando Vai bajó del escenario mientras ejecutaba una canción caminando por el pasillo de la platea; pasó a nuestro lado y hasta se dio el gusto de tocar parte del tema con una dama abrazándola por la espalda junto con su guitarra.
La ovación que coronó su regreso al escenario fue conmovedora; nos convenció que habíamos sido afortunados testigos del show de un monstruo donde la guitarra es una prolongación de su propio cuerpo y, también, del vigor de un tipo de 57 años con un dominio escénico tan elevado como cada uno de los prodigiosos riffs que desgranó durante toda la noche.
- De lo mejor que he visto, me dijo Fernando cuando terminaron los bises y buscábamos la salida del teatro.
No pude desmentirlo. Era imposible hacerlo. Las cuadras que caminamos, las cervezas y comentarios que compartimos hasta la madrugada fueron el epilogo para la admiración con la que luego nos fuimos a dormir.
No fue poco. Arrancamos con dudas y timidez para comprar las entradas y acabamos extasiados. Fue el mejor premio y también la valoración más justa para la decisión que habíamos tomado.
Y un deseo ferviente que quedó flotando en el aire: que se repita. 

4 de marzo de 2017

Carl's Palmer - ELP Legacy

Amsterdam 1976
Caminando hacia el Teatro El Círculo surgió de improviso en mi memoria, el recuerdo de una doble hoja central de la vieja y legendaria revista Pelo pegada en la pared de mi cuarto.
Allí se veía un Carl Palmer con pelo largo, transpirado, el torso desnudo y oculto detrás de una maraña de los instrumentos de percusión que componían una gigantesca batería, todo coronado con dos enormes gongs orientales a sus espaldas y los brazos elevados al cielo sosteniendo unos poderosos palillos en en sus manos.
Esa imagen, acaso perdida en alguna de las múltiples y sucesivas mudanzas que signaron buena parte de mi adolescencia, había pasado al olvido hasta ayer cerca de las nueve de  la noche cuando, por segunda vez en veinte años, volvería a ver al hombre de la fotografía.
Coqueto y arreglado, el Teatro aguardaba casi en penumbras el comienzo del espectáculo mientras los más rezagados apurábamos el paso rumbo a nuestras ubicaciones.
El escenario, absolutamente despojado de cualquier ornamentación, mostraba un solo instrumento: una batería relativamente modesta comparada con desmesuras de otros tiempos y al fondo una pantalla gigante donde un logo de británico estilo anunciaba el tributo del gran Carl Palmer a Keith Emerson y Greg Lake, sus viejos compañeros de ruta fallecidos en 2016.
Con inglesa puntualidad, como ocurre en este tipo de conciertos, el trío que completaban Paul Bielatowicz y Simon Fitzpatrick aparecieron tranquilamente y se encaminaron a ocupar su sitio entre aplausos para iniciar un show que iba a estar motorizado por un soporte rítmico como pocas veces puede escucharse.
El arranque fue con Hoedown y, a continuación, todos reconocimos los acordes de Peter Gunn y nos preguntamos también ¿tiene sesenta y seis años? La respuesta la dio el mismo Palmer cuando, tras un par de temas infernales y visiblemente agitado por el esfuerzo, saltó de su taburete para presentar a sus acompañantes casi con un hilo de voz y anunciar la pieza siguiente con un dificultoso pero entendible español.
Imposible que eso no ocurriera, pero más increíble aún fue lo que pasó después: el reinicio fue con un ritmo y una intensidad todavía más alucinante, y entonces todos nos volvimos a mirar confirmando que sí, que son sesenta y seis nomás, pero recargados con una vitalidad y energía fuera de lo común.
Luego continuaron sucediéndose otros clásicos de Emerson, Lake & Palmer prolijamente adaptados al sonido y formato de este power trío sin teclados. Los formidables solos de guitarra y de bajo/stick acabaron por reforzar la certeza acerca del efecto multiplicador que el empuje de esos talentosos jóvenes produce sobre esa verdadera bestia desatada entre tambores, redoblantes, bombos y platillos.
Rosario 2017
La mixtura de generaciones produce un efecto más que saludable sobre las complejas melodías ideadas hace cuatro décadas por ELP. No suenan igual, y algunas se nota demasiado la ausencia vocal; pero tal vez por eso mismo ninguna canción de las que conformaron el ajustado set list tuvo ese tufillo a naftalina que este tipo de homenajes suelen tener.
Obras inoxidables como Take a pebble o Lucky man sonaron de un modo, aunque al oído le costara reconocerlas, que resultaron versiones imperdibles. Lo mismo ocurrió con la festejada Pictures at an exhibition, que sólo conserva el comienzo de aquel barroco original y algunas partes que funcionan como separadores para incluir temas de otros álbumes, como el caso de la Danza con los espiritus negros de Works mezclada en el desarrollo de la joya de Mussorgsky.
Un par de horas más tarde habíamos dejado atrás temas como America, The Barbarian y 21 St Century Schizoid Man de King Crimson, y la gente acabó rendida a los pies del, probablemente, más legendario baterista de la historia del rock y cuyo despliegue tuvo su apogeo durante la Fanfarria para el hombre común (que constituyó el primer bis) y que tuvo el ansiado solo de Palmer, quien no dejó instrumento ni parche sin golpear durante ese exclusivo momento. Tres palabras alcanzan para describir lo que vimos en esos minutos de irrepetible calidad: rapidez, maestría y genialidad.
Y entonces, como todo tiene un final, el show de Carl Palmer en Rosario también lo tuvo, y fue con la misma sencillez con que presentó los temas o hacía reverencias para que aplaudiéramos a sus músicos. Simplemente se despidió, nos dijo adiós y todos, en obvio tributo a su exquisita calidad, lo ovacionamos de pie.
Cuando las luces se encendieron, y mientras nos encaminábamos hacia la salida, miré a mi amigo Fernando y se me ocurrió decirle por lo bajo un antiguo pero, creo, no menos certero refrán: “…viejo es el viento y todavía sopla…”.
Fue aquí, en Rosario, en la primera noche de un tórrido mes de marzo donde sopló un inolvidable huracán que tuvimos la suerte de haber visto para poder contarlo pero, sobre todo, para recordarlo como verdaderamente corresponde. 

25 de noviembre de 2016

Adrian Belew en Argentina

El viaje empezó el 21 de noviembre, pero en realidad había largado bastante antes: tal vez la fecha precisa haya sido el mismo día que adquirimos los tickets luego de sortear la absoluta ignorancia del evento por parte de la expendedora de los boletos y de lograr cuatro butacas juntas en la misma fila luego de una ardua búsqueda.
Cuando nos ofertaron la fila 9, con Fernando nos miramos como diciendo “…no será una ubicación top, pero puede andar…”, y así fue, porque cuando salimos del negocio, entradas en mano, ya podía olerse en el ambiente un clima de previa que excedía en mucho la alegría por haber conseguido lo que habíamos ido a buscar en esa mañana de octubre.
Luego vino el intento (estéril, en mi caso) de absorber la discografía completa sumándole la música más esencial de su paso (no menos esencial) por King Crimson; pero eso tampoco importó demasiado a la hora de emprender el camino hacia la Capital Federal.
Al cabo de un puñado de horas, y ya en el enorme hall del coqueto Opera Allianz, ingresamos ansiosos a la sala para verificar la ubicación elegida y fue la primera sorpresa comprobar lo cerca que estábamos del escenario y lo acertado de la elección en el mapa del teatro.
Lo primero, como siempre sucede, fue escuchar a un telonero con canciones propias interpretadas al piano que se la pasó agradeciendo el respeto y el silencio que le prestamos durante su breve y aceptable show.
Luego si, sin mucho trámite, sin ningún anuncio previo, y con la naturalidad que la experiencia, los escenarios y todas las críticas le reconocen, surgieron en fila india Tobias Ralph, Julia Slick y el gigantesco Adrian Belew rumbo a sus instrumentos para hacernos entender que la hora había llegado y que ya estaban listos para entregar una verdadera aplanadora musical.
A puro rock, a puro pulso y a pura inspiración fueron desgranándose pedazos de un repertorio tan amplio como variado y que no dejaba hueco alguno donde imaginar la más mínima fisura: un baterista salvaje y una bajista implacable hacían lo suyo con una solidez tan formidable que la guitarra fluía sobre esa base rítmica en el borde de un descontrol que jamás ocurriría.
Y a eso, debe agregarse la voz, que no es poco y que se ha mantenido como si el tiempo no pasara.
Varias veces Octavio me dijo “…ya está, con esto me pagó la entrada y el viaje también…”, Patricio parecía tan hipnotizado como inmóvil (llegué a dudar de sus parpadeos) y Fernando disfrutaba con ojos entrecerrados acaso intentando retener cada movimiento, cada nota que se entregaba desde el escenario. Yo, más recatado, prefería clavar la mirada en el modo que la batería sostenía unos  ritmos imposibles y las cuerdas de la guitarra se incendiaban mientras luchaban por estallar entre los dedos de su amo y señor.
Hasta que surgió lo inesperado: un complicado cierre de canción acabó con un “…hacemos un break, ten minutes…”, dijeron, y se marcharon dejando la sensación que algo malo había ocurrido con el sistema de sonido o con la parafernalia electrónica de la configuración de los instrumentos.
Minutos de angustiosa espera, de mirar con avidez el frenético trabajo de los ingenieros sobre las computadoras y el retorno a la “normalidad” cuando confirmaron el inconveniente con un sencillo “…estas cosas pasan…”
Antes de arrancar la etapa 2 y tratar de retomar la efervescencia de la primera parte, un simple mensaje fue como una declaración de principios ante tanta reverencia: “…como premio a la paciencia, haremos algunos bonus tracks…” y fue suficiente, como repetiría Octavio más tarde, para sentir que ese gesto equivalía a la plata mejor gastada.
Porque, aunque parezca un constrasentido, asomaron la faceta más humana y la clase de Belew para comprender sin fastidiarse que debería modificar parte del repertorio preparado. Y desde ese momento se sucedieron canciones con diferentes ritmos, con menores trucos de sonido pero entregando toda su pureza, dejando al desnudo la enorme riqueza de su autor y la exquisita comprobación que pertenece al universo terrenal sin pretender mostrarse como otra cosa.
Porque la cuestión fundamental acabó siendo justamente esa: decir con la música, y a partir de un insospechado contratiempo, que nada puede detener el talento, que los sonidos están más allá de cualquier avatar y que el deseo de compartir lo suyo con la gente, del modo que sea, es absolutamente genuino.
Cuando saludaron, cuando no hicieron ningún bis, comprobamos que el héroe de la guitarra (esa noche) había sido tan humano como nosotros, los que lo habíamos contemplado desde la platea.
Atrás habían quedado un par de horas irrepetibles y la certeza de haber escuchado piezas memorables: desde Men in helicopters, Big electric cat o Three of a perfect pair hasta versiones únicas de Matte Kudassai y el fantástico cierre con Indiscipline.
Fue eso y fue todo. No hubo más ¿había más acaso?, ¿queríamos más? Tal vez si pero, al mismo tiempo, tal vez no. Adrian Belew bajó por un rato desde algún incierto lugar para regalar la magia de su música, el exquisito ensamble de experimentación, virtuosismo violero y pop sinfónico en las dosis más exactas que cualquier alquimista musical pueda imaginar.
La yapa, por si hubiese hecho falta, fueron las fotos con él y su autógrafo sobre la entrada.

Y entonces, habiendo superado la medianoche, nos miramos todos a los ojos y en ese momento comprendimos que nos había alcanzado, colmado de tal modo cada uno de los sentidos que el viaje sólo había sido un tránsito, un fugaz paréntesis dentro de un mundo de urbanas excusas para confirmar que algunos elegidos, a veces, se visten de mortales.
Pudimos comprobarlo: estuvimos ahí.

24 de agosto de 2016

Árbol

Terapia Ocupacional - Dibujo by Lupus
En las raíces de su sombra
descansa un puñado de dioses;

en sus hojas brillan tormentas
de almanaques desnudos;

nada detiene un árbol;

ni siquiera el invisible
significado del tiempo

9 de agosto de 2016

Arte Bonsai

Terapia Ocupacional
Pilares del Rosario
Uno por uno, con paciencia y esfuerzo, abrocho doce palitos para tender la ropa en un escuálido trozo de madera numerado hasta el seis.

Voy levantando un pequeño árbol con los temblores más persistentes que los dedos de mis manos pueden fertilizar, y supongo cada broche como una rama florecida sobre ese imaginario tronco que los sostiene a sus costados.

Al terminar, sentado frente al espejo, contemplo el resultado de otro día de terapia; sólo que esta vez se parece, por así decirlo, a una rara especie de parkinsoniano bonsai.

17 de abril de 2014

Esferas

Telón de escenario de Tarja Turunen 
Teatro El Círculo - Marzo 2012
Miraba llover apenas respirando, consumiendo inmóvil las horas tibias del atardecer con una lectura de palabras marchitas y el vago rastro de una caricia anestesiando su cuerpo.

El cielo gris lo había devorado, lo ahogaba en un vacío persistente cubriendo con nubes las señales dibujadas por las gotas del aguacero.

No podía, no sabía, liberarse del hechizo que lo ataba a un manojo de fotos del pasado; se preguntaba por el ritmo de sus latidos: si era ese flaco sonido que mezclaba caminos muertos y laberintos inexplicables o, si aquella humedad que le mojaba la cara y le ardía en las manos no sería espejo de una muda, oscura y sedienta soledad.

Y nadie respondía, nadie escuchaba el rumor de temblores que desnudaba su agitación ni tampoco dejaba advertir la inminencia de su propia tormenta; se había transformado en otra víctima del poder de su mirada y tuvo la certeza que ya no escaparía de ese resplandor tan próximo y lejano al mismo tiempo.

Entonces, con extraña sabiduría, descubrió al fin el único lugar dónde brillarían las pequeñas esferas de sus ojos inertes y se apresuró para ocultar de la noche su destino de pálido arco iris.

Queda poco, se dijo, pero eso, se dijo también, tal vez sea lo de menos…

1 de abril de 2014

Olores

Tren de la Costa - Estación Olivos - Buenos Aires
Llevo olores pegados como si fuesen cuerpos injertados, resabios indelebles de aquellos lugares donde mis manos demoraron su paso.

Soy alguien diminuto, acaso intrascendente; alguien que sólo puede cargar como equipaje un puñado de aromas tamizados con sabor a canela y manzanas silvestres.

Esos olores se pueden mezclar, tal vez evaporarse, pero algunos permanecen adheridos a la piel hasta volverse imborrables.

Fue una tarde de verano cuando tuve ocasión de tocarla; cuando se desplegó unos breves segundos y me envolvió con sus cabellos, el contorno de sus pechos intensos y la voracidad de sus labios rojos.

Tengo grabado ese instante en la memoria desde entonces; y también el perfil de su cara desapareciendo al final del andén.

Lo recuerdo hoy, a la hora de la siesta y cuando todos los trenes pasan de largo sin detenerse desde hace meses porque ya nadie desciende en esta vieja estación.

Aún así, estoy decidido a esperar: conservo para ella un olfato devastador.    

24 de octubre de 2013

Junto al río


Me tranquiliza caminar junto al río, sentir ese olor que vuela desde las entrañas de sus aguas y también escuchar los diferentes sonidos que llegan a la ribera cuando la sudestada penetra la ciudad.
No sé bien por qué, pero ese sencillo ritual me eleva, me transporta hacia sitios inesperados aunque nada importante cambie alrededor. Camino, recorro zonas del viejo puerto y mis pasos se vuelven más lentos a medida que avanzo; lo supongo una señal de inconsciente demora que me inyecta una rara combinación de nostalgia, éxtasis y melancolía.

Es que tal vez fui marinero o tal vez pescador, en otra vida, en un remoto lugar; y la materia invisible de mi sustancia bien pudo haber sido una mezcla de todo eso que acabó con la nave hundiéndose en algún lado y los restos de su naufragio agitándose hasta llegar a tierra firme.
Deslumbrado por la intensidad del río, sus atardeceres, sus vapores, este recorrido tan nómade y vagabundo se va convirtiendo en un simulacro de sendero donde encontrar raíces olvidadas o escapes a ninguna parte.

No soy yo, me digo, quien camina estos pasos o calza estos zapatos. Juro que a veces quisiera salir de este cuerpo, cruzar la calle y mirarme desde la vereda de enfrente; son tantas historias y personajes asomándose de golpe en las esquinas que las siluetas de sus figuras construyen un tesoro de memoria oculto y disponible a la vez.
Nunca me agobian rastros de fatiga en esas caminatas; apenas me detengo para levantar la vista y contemplar lo que antes no existía: estos edificios, estos vecinos, estos negocios; poco queda de todo aquello que recuerdo porque, como ocurre con el tiempo, nada se ha detenido tampoco en este lugar. Los vivos de ayer hoy están muertos y muchos de los desconocidos que me rodean, que superan mi lenta marcha sin dificultad, ni siquiera habían nacido cuando yo iba y venía por estas mismas baldosas.

Confirmo, por si hiciera falta, que escasas cosas sobrevivirán a nuestro implacable destino de ser sólo pasajeros, efímeros y vulgares fotogramas que ni siquiera nos paramos a observar: nos vamos transformando en algo tan breve, tan vertiginoso, que hasta las horas parecen girar más rápido en los relojes aunque su universo natural siga siendo de sesenta minutos.
Aprovecho esas nubes del pasado para mirarme en el reflejo de las vidrieras, y en el lugar donde había una farmacia veo una imagen envejecida de lo que fui; y eso, pienso, es inevitable, como la correntada que fluye y fluye, tan repetida, tan silente como caudalosa.

Entonces, redescubriéndome en cada una de las huellas que señalan mis pies, seguiré caminando estas orillas, mirando las aguas que huyen río abajo y volteando cada cuadra como las hojas de un cuaderno interminable.
Otro día para buscar mi dosis de eternidad.

9 de agosto de 2013

Pulsos

 
Los días me atraviesan sin pausa, me van empujando al vacío que se dibuja en el tránsito de mis caminatas.
También logran que me pierda en el tiempo de otros tiempos.
Como si en algún lugar existiese una vida que ya viví, o la agitación que producen estos latidos fuesen los pulsos de un muerto que todavía respira…

7 de agosto de 2013

Derrumbe

               Alguna vez la poeta escribió
 
“… si te dicen que caí…, es que caí,
verticalmente…”
y sus versos fueron presagio primero
y acierto más tarde
aunque eso sucedió en otro siglo
en otros tiempos;
pero la historia siempre se repite
y nos volvimos a desmoronar
como parte de ese universo que no hace otra cosa
que venirse abajo cada tanto;
y retornaron los mismos gritos
el mismo fuego
las mismas víctimas
tal vez los mismos culpables;
ayer la ciudad se convirtió en un fatal
agujero negro
devorándonos con su estampida
transformándonos en fantasmas
de su propio derrumbe;
ahora todo huele a polvo
a carne quemada
a desecho descompuesto en el aire
y sólo permanecen el silencio
la mueca triste
el rumor de los escombros;
hoy la ciudad se asfixia
respira muerte
con la maldita intensidad que ayer
temprano en la mañana
olía a gas…

19 de julio de 2013

Fantasía de Invierno IV

Camino a Uspallata

El pasado se repite, siempre vuelve. En ocasiones emerge inmóvil, lánguido y presente a la vez, acaba mezclándose con el vértigo en una fugacidad que reparte imágenes para todos lados y, también, a ninguna parte.
El vértigo y el pasado coagulan, son el abrazo perfecto, una sombra difusa desnudando los deseos más inconscientes en un puñado de señales irreversibles.
Mientras tanto, la ruta de los años se abre como el trayecto de un destino a plazo fijo, un camino decorado solamente con el brillo del tiempo y donde todas las invocaciones parecen lejanas desde las hojas de los almanaques.
Entonces aparece la memoria, tan sabia, tan despojada de horas y relojes que su contorno camina sobre nuestros pasos y los guarda sin siquiera preguntar: apenas los convierte en una sucesión de rastros con las huellas en retroceso.
El pasado es un rayo misterioso, o divino, o quizás la visión de otra vida donde el cuerpo de un recuerdo se muestra definitivo, y asoma durante un segundo tan breve y exacto que su precisión es suficiente para confirmar de dónde venimos y hacia dónde vamos.
La misma certeza que, durante algunos insomnios, duele demasiado. 

17 de julio de 2013

Fantasía de Invierno III

Camino a Puente del Inca - Mendoza - Argentina
Estoy detenido en la ladera de un cerro, parado sobre un montículo de piedras húmedas y mohosas. Desde ahí, observo un enorme valle rodeado por otras cumbres que conforman una especie de cordillera y cuya distancia no puedo precisar.
 
En poca o abundante cantidad, tal vez en ambas al mismo tiempo, el sonido del viento y la calma del lugar se mezclan para replicar el eco del silencio por todo el ambiente.
Hace mucho frío. Un tibio sol apenas logra calentarme la cara y las manos y maldigo sin disimulo haber olvidado los guantes, pero aún así prefiero permanecer en esa montaña negándome a abandonarla, a renunciar al panorama que contemplan mis ojos.
De improviso, rompiendo la placidez del paisaje, surgen dos pájaros aventurando un largo planeo por las alturas. Es imposible dejar de mirarlos, y atraído por un imán invisible, me dejo llevar por sus vuelos a ninguna parte sin poder evitar envidiarlos desde algún oscuro punto de mi pensamiento.
Las imágenes que están entregando esas aves iluminan de tal modo este perfecto amanecer que hasta el invierno parece desnudarse en harapos, como si la parca fuese por aquí una sombra vertiginosa que huye buscando el refugio de su piel.
Ese brillo sorprendente me hace suponer que se trata de la señal que siempre he esperado para confirmar, por alguna extraña razón, que finalmente me convertiré en pájaro, en una leve y frágil existencia capaz de devorar esos restos almacenados dentro de mí que nunca se resignan al encierro del cuerpo.
Inmóvil, presiento que algo único se aproxima con velocidad y contengo la respiración invadido por la súbita necesidad de despegar hacia ellos. Sólo entonces me permito dibujar sin culpas, apenas con mis alas abiertas, el perfil de un bello y lejano rostro de mujer.
Disfruto, saboreo cada trazo de su cara con intensidad y luego, como un telón anunciado, comienzo lentamente a cerrar los ojos: en minutos el tiempo ya los habrá convertido en nada, en otro sueño más de vacío perdurable.

9 de julio de 2013

Fantasía de Invierno II


Esa tarde, el sol iba cerrando las puertas una por una y las sombras proyectaban sus siluetas como enjambres de falsos testigos sobre los adoquines de la calle.
Vi tus manos al alcance de las mías y, sin pensarlo, me animé a tocar la fría piel de los dedos.
En ese momento, los llevé a la boca sin disimulo mientras adivinaba los contornos de tus pezones acompañando los movimientos de mi lengua y palpitaba con el acelerado pulso de tu respiración, al igual que con las señales de otros deseos que intentabas ocultar y podía reconocer con facilidad.
Sin embargo, nada de eso sucedía con la mirada de tus ojos esquivando los míos, con la raquítica sonrisa que lucían tus labios transformados en una mueca y con la urgencia de un pronto adiós estampada en los gestos de tu cara.
Entonces, como una instantánea confirmación, giraste el cuerpo ofreciéndome tu espalda en signo de definitivo olvido y apuraste los pasos hasta doblar la esquina sin decir una sola palabra.
Esa tarde, el invierno parecía una máscara de silencio suficiente.
Luego, ya no volví a verte.  

6 de julio de 2013

Fantasía de Invierno I

La ventana de un bar es un buen sitio para detenerse a observar cómo transcurren los días, el mundo, los movimientos de la calle, de la gente.

Muy pocos reparan que alguien puede estar mirando lo que sucede al otro lado del vidrio con una visión tan relajada y minuciosa como implacable.
Las personas, los autos, hasta los animales y las publicidades, parecen dominadas por el vértigo mientras yo, una especie de paciente voyeur detrás del cristal, permanezco inmóvil.
Lo que tengo, lo que hago, en nada parece advertirse y esa invisibilidad me convierte, casual o intencionalmente, en un entrometido que se deja transportar por el misterio de un aura que va envolviendo la ciudad en estos primeros días del invierno.
Miro y miro sin resistirme a la extraña sensación de ver sin ser visto: los secretos, las sombras, también las nubes con sus formas infinitas, se pasean, se abren ante mis ojos como si fuesen el cuerpo de un gigantesco abanico desplegado entre ventanas de cielo que asoman junto al sol.
Todo parece nuevo y viejo a la vez, a veces igual a ayer, o a hoy mismo hace tan sólo un rato pero, sin embargo, mis ojos continúan clavados frente a la ventana buscando los matices casi como encantados por un ritual de tiempos remotos.
Esos ojos, esa mirada, no quieren, no pueden renunciar a la simpleza del acto de ver, a ser los elegidos para introducirse con discreción en cada uno de los cuerpos y siluetas que caminan por fuera o por dentro mío según el viento que sople, la tarde que alumbre,  el bar que los cobije…

20 de junio de 2013

Antifaz

 
Húmeda  y carnosa
la llovizna puede olerse
en los rincones
en cada contorno que la mano
sostiene con los dedos;
impúdicas
las horas se acarician en el reloj
cuando el tiempo se desnuda
en una esquina;
infinita
la distancia silencia lo indecible
mientras el viento me eleva
me transporta;
húmeda y carnosa
la llovizna es el mejor antifaz
para otra tarde gris
deshojada al pasar

14 de junio de 2013

Mi viejo y yo

Ir a ver fútbol no le gustaba demasiado.

Con sinceridad, no recuerdo compartir ningún partido o gritar un gol con él en alguna cancha. Decía que era hincha de Vélez en una respuesta, creo, para salir del paso ante la incómoda y reiterada pregunta que le hacía sobre su equipo favorito.

En cambio, era un apasionado del boxeo.

Me surgen imágenes muy nítidas de diversas situaciones que tienen que ver con combates; flashes de peleas seguidas por televisión y también de las otras, en vivo y en directo, los viernes a la noche en las instalaciones del Club Sportivo América.

Ese gimnasio, ideado originalmente para jugar al básquet constituía, en mi infantil imaginación, una especie de templo pugilístico comparable, me doy cuenta ahora, al legendario Luna Park o al mismísimo Madison Square Garden de la lejana Nueva York.
A mis pocos años, no conocía muchos lugares donde podía verse box entre profesionales y entonces, cada una de esas veladas representaba una fiesta que yo suponía insuperable: conjugaban el testimonio y la emoción de estar presenciando acontecimientos únicos, trascendentes e inolvidables a la vez.
Luego, ya despojado de cualquier dosis de ingenuidad, pude comprobar que la edad, entre varias cosas, nos va quitando porciones de inocencia aunque sin borrar del todo postales que quedan alojadas en algún sitio de la memoria y, vaya uno a saber por qué, subsisten grabadas a fuego en nuestro inconsciente.
Es probable que por todo esto nunca haya olvidado que el boxeo fue una de las escasas vivencias que compartí a pleno con mi viejo gozando esa auténtica sensación de disfrutarlo en el momento que ocurría.
Recuerdo combates por títulos mundiales; que Carlos Monzón me parecía un boxeador extraordinario y que me ponía muy nervioso verlo pelear contra Nino Benvenutti o Emile Griffith. Yo ansiaba un nocaut que acabara con todo rápidamente y me asustaba con cada contragolpe; es más, necesitaba la cercanía de mi padre para contemplar con menos temor la pelea y poder festejar con él la casi segura victoria del argentino.
Lo mismo sucedía cuando peleaba Cassius Clay, que así se llamaba por aquel entonces. Mi viejo siempre me hacía notar que no existía nadie mejor que aquel gigantesco moreno más parecido a un welter que a un peso completo; aún tengo viva la noche que Joe Frazier lo derribó en el último round de la pelea del siglo y pegué un salto en mi silla, tan conmovido que miré a mi padre y lo vi resignado, sufriendo por su ídolo caído sobre la lona y las piernas apuntando al cielo; así de derrumbado aparecía mi padre en ese instante y yo permanecí en silencio como si se tratase de un réquiem, o un pésame a pocos pasos de distancia.
También me brilla una demolición en dos asaltos a cargo de un tal Juan Carlos Alvarenga sobre otro desconocido a quien todo el estadio aplaudía mientras lo bajaban del ring en camilla. Tan inentendible ayer como ahora, el lugar hervía ante el drama de ese pobre hombre mientras a mi me ganaba nuevamente el silencio escuchando los comentarios de mi padre que había sido una farsa, un fiasco armado para que Alvarenga pudiese ganar fácilmente y demás expresiones que sólo consiguieron hacerlo discutir con otro espectador ubicado a nuestro lado en la tribuna.
Lo vas a entender cuando crezcas, fue todo lo que me dijo mientras encendía su enésimo cigarrillo del día y caminábamos rumbo al portón de salida. 

Y tuvo razón; como en tantas cosas que sólo con ayuda de los años he logrado comprender.

18 de mayo de 2013

Hechizo


Sus mensajes llegaban de improviso desde cualquier lugar pero nunca pasaban desapercibidos; a su paso, la silueta y la textura de sus palabras provocaban una sucesión de escalofríos mientras el eco de sus temblores repercutía insomne por todos los lugares.
No es posible detenerse en los inicios de la madrugada.
La línea de sus labios, como las escamas de una piel invisible, asomaba tan delgada que podía atravesarse tan sólo con respirarla; sus murmullos, sus gemidos mal disimulados tallaban los sonidos exactos para grabar esas horas en la memoria; eran el himen y la matriz, el génesis de miles de besos húmedos inundando tardes sin ropas y también el miedo a perderlo todo, el terror mezquino que desafiaba la noche más atrevida.
Al amanecer, al despuntar los relojes, siempre es demasiado tarde.
Por eso, cuando nos dimos cuenta y abrimos los ojos, el tiempo ya nos había consumido en su huella hambrienta como si los cuerpos, los sexos fundidos bajo la luz de la luna hubiesen sido nada más que la consecuencia de un encanto o una especie de magia secreta, tal vez el mismo hechizo que le hacía decir en mis oídos “… esto es lo único que me mantiene viva…”