Estoy acostumbrado a acostumbrarme / con el insignificante sentido de las palabras / y no sé si el hombre le dio horas al tiempo / o el tiempo horas al hombre. Estoy libre en mis prisiones / calma siniestra por escapar / y no sé si los dioses crearon / el mundo para los hombres / o los hombres el mundo para los dioses / Estoy viviendo mi muerte / tácito pasillo que aborrece de oscuridad / y no sé si soy yo quien intenta escribir / o escribe quien intenta ser yo. "Hombre" de Fabricio Simeoni

7 de septiembre de 2017

La huesuda - fotografía, audio y video

video
"La Huesuda" 
Video by Lupus & Marqui

Imagen de San La Muerte
Camino Rural - Funes - Santa Fe
fotografía by Lupus
Un frágil hormiguero
sostiene ofrendas,
oculta calaveras;
dispersas alrededor
yacen petacas vacías
y colillas apagadas;
frente al sol,
con sus ojos rojos
opacos y penetrantes,
la huesuda espera
un cometido sin apuro;
invocando sus poderes
alguien la dejó ahí,
escribió un mensaje
con esa estatua de yeso;
aquí estoy, desafía
debo cumplir la promesa
parece decir;
mientras tanto, 
el terror me protege
de mentiras y no temo 
a dioses de barro;
por estos lugares
todos conocen la historia,
todos saben quién soy;
el resto, son habladurías. 

Escuchar La Huesuda

30 de agosto de 2017

Niños

Camino Rural - Funes - by Lupus

El horno para fabricar ladrillos humea impasible,
oculta una soga que termina en un grueso nudo,
en un cadalso inquietante;
ahí nomás, una cabeza pequeña, con los ojos abiertos
y un cuerpo invisible señalan al destino
otro enigma sin resolver;
se respira un hediondo silencio,
una pérdida que no reconoce tiempo ni pasado,
que apenas refleja la cara misma de la nada;
al costado, como una perfecta paralela,
un canal de agua servida fluye sus desperdicios,
el viento se fragmenta en remolinos
y detrás de un rancho de mala muerte
va cayendo el sol del atardecer;
vuelvo a mirar, y como una ofrenda de viejos domingos
de cementerio,
la cabeza permanece inmóvil en esa horca precaria;
entonces, desde algún lado, una voz me habla:
“soy un niño”, dice;
y escuchándola, no logro, tampoco sé si quiero
escapar de mis fantasmas;
“soy un niño”, me repite;
en estos lugares, pienso, el humo de los hornos
quema todas las cenizas de la infancia,
y caminar por el basural es un juego absurdo,
una sentencia inútil, una condena perversa;
“es la soga que me matará de una buena vez”, presagia
“me gusta mirarte fijo, que tiembles confundido”,
luego, ya no había sol y el viento soplaba con más fuerza,
“estas ráfagas serán mis verdaderos verdugos,
serán ellas quienes patearán la horca”, explica;
“pero no te vayas todavía”, pide también;
“la última foto que tomarás de mí, te aseguro, 
será tremenda"
                 Escuchar Niños

6 de agosto de 2017

Buen día TV

Dibujo by Lupus
Otra mañana que se abre
y en la televisión asoman
derivas perpetuas
alienaciones incurables;
paranoias encerradas
entre rayos catódicos,
impulsos y fetiches
sublimando la pantalla;
una maquinaria incansable
que agota las palabras;
un engranaje magnético
de dibujada belleza
de fugaz eternidad;
y entonces, en algún punto,
la imagen se vuelve aciaga
tan asesina, tan caníbal
como el apetito que devora
a los siempre amables
predicadores de dinosaurios.

4 de agosto de 2017

3 de agosto de 2017

Ecos de una sombra

Fabián Polosecki
Lo veo venir, como todas las tardes,
doblar la curva y ocultar
ese cartel que me asquea, ese Santos Lugares
que trato de ignorar, de no suponer;
todas las tardes igual, surge una luz
que enciende los pastizales,
la bocina que ensordece y luego
el gusano de hierro,
su impasible traqueteo;
lo veo venir, lo tengo en la memoria,
la curva, la luz, el sonido de los frenos;
pero esta tarde es rara, diferente,
mis ojos no encuentran el sol y mis oídos
apenas escuchan rumores
ecos de una sombra que pronto mutará
oscuro anochecer;
lo veo venir, como todas las tardes,
el reloj marcando las 4 PM
y estoy parado en el lugar perfecto;
miro esa luz que avanza y, por una vez,
me siento infalible.
Entonces sucede.
Entonces vuelo.
                                 a Polo

1 de agosto de 2017

Como si nada

Av. 9 de Julio - Capital Federal
La lluvia, una vez más la lluvia; otra noche presagiando el fin del invierno como si el frío fuese la medida justa del sueño, agua de pura tormenta; pero no, es como si nada; como el estertor de alguien que grita, que muere cerca mío, donde la vida es un juego triste, una moneda falsa, una resignación a cara o cruz que vibra con cada parpadeo y en el pulso de cada latido; como si nada, como si nada pudiese cambiar y un mandato invisible dominara los cuerpos, las cosas, mientras en algún lugar, también como si nada, las horas dinamitan el tiempo, los ojos sus lágrimas celestes y un enjambre de sombrías siluetas asegura sus dosis con la ilusión de ahuyentar temblores; demora sus disparos, aguarda, como si nada y en el ardor de un trago, la conquista de una muerte calma; la certeza de un silencio irreversible. Como si nada; como si nada de esto fuese verdad.

29 de julio de 2017

Diane Arbus - En el principio

MALBA - Capital Federal
·        Pegarse a la suciedad escondida en cada lugar de la calle o bajo la piel de las personas; como si la realidad fuese una mugre que incomoda, perturba; una molestia que todos conocen pero sólo algunos se asoman a mirar y muchos menos se atreven a mostrar.
·       Una imagen fuera de foco puede sentenciar mucho más que la nitidez de un enfoque perfecto.
·        Exponer lo invisible, darle cuerpo. Difícil, nada simple. No fue común. No fue poco.
·         Mirar dentro de los ojos de los personajes fotografiados es introducirse en cada uno de ellos, y eso no se trata solamente de arte: es, ante todo, belleza pura.
·       Sus fotos testimonian cómo, durante algún tiempo, los relojes parecieron detenerse en EE.UU, y la visión descarnada de esos yanquis fue tan certera que es la misma que han tratado, desde siempre, de edulcorar y maquillar.
·        Fue un ojo que parecía verlo todo. No fue, por suerte, émulo de ningún “gran hermano” de los años ’50 o ’60.
·       Susan Sontag polemizó con ella. Lejos de una crítica a su trabajo, acaso pueda considerarse como un gran elogio.
·        Cuando se suicidó, tal vez no trató de cerrar ningún calendario, sino de tomar la última fotografía que le quedaba por capturar.
·        ¿Cómo llamar a alguien dedicado a retratar lo invisible?
·         Me pregunto si existe alguna realidad que no pueda fotografiarse.

Diane Arbus dixit

27 de julio de 2017

Brillos

Patricio Valverde

El diamante brilla
deja escapar su brote
en las teclas
de un control remoto,
en un display
en dibujos sin rostro,
pero alguien escucha
el sueño de sus pasos,
el eco de un blister
la pastilla que enciende
sus pesadillas impunes;
el diamante brilla
acelera los relojes
esfuma el pasado
como fantasmas
en una noche oscura;
el diamante brilla
mientras la luna observa,
tal vez su resplandor
alucine lo invisible,
tal vez el amanecer
lo descubra dormido.

15 de julio de 2017

El humo de los ecos industriales

Chimeneas by Lupus
Ruidos fabriles envuelven fálicas siluetas de chimeneas inútiles; el sonido monótono de discursos huecos anestesia las voces como si hasta el humo más denso se hubiese transformado en palabras, en rayos de platino o en una vulgar diatriba industrial.

En esta niebla que envuelve los destellos, cada día, cada noche, nadie lamentará una, cincuenta, cien muertes; cada día, cada noche, sólo se habrá tratado de vivir o tal vez, apenas, de sobrevivir.

Ahora, las sombras se han convertido en desechos eléctricos de una última tormenta; esqueletos invisibles eludiendo las horas sin suerte; relojes para un tiempo agotado en la trampa del espacio, en el vértigo silencioso de un asesino eco espiral.
                        Bitácora para el Barco Ebrio

14 de julio de 2017

Muestra y Presentación

video

Muestra fotográfica Vivian Maier
Casa FOLA

Presentación "El resto no presenta alteraciones" 
de Fernando V. Marquínez
Feria del Libro

Buenos Aires - Abril 2017

15 de junio de 2017

Steve Vai en Rosario

Steve Vai
-      -  ¿Y si vamos a ver a Steve Vai?
La pregunta de Fernando no solamente sonaba a invitación, sino también a empujoncito hacia la boletería virtual de venta de tickets, y acabó por convencerme apenas dos días antes del recital.
-   -  No encontré muy adelante, pero creo que la ubicación no es mala.
Y yo le creí. Estaba convencido que si le parecía aceptable la fila 14, era porque valía la pena ese lugar de la platea.
Finalmente, la noche llegó. Antes, esa misma tarde, estuve escuchando Passion and Warfare cuyos jóvenes veinticinco años constituían el motivo del recital y la excusa perfecta para la presentación de un guitarrista de rock de excelencia como pocas veces ha pisado Rosario.
La vestimenta con que irrumpió Vai impactaba porque todo su cuerpo (incluida la guitarra) estaba surcado por luces de diferentes colores brindándole un aspecto casi espacial, aunque el atuendo no le duró mucho en esa primera visión que tuvimos de él cuando pisó las tablas del Teatro El Círculo quince minutos después del horario previsto.
Con un formato que más tarde comprobaríamos podía moverse cómodamente del trío al cuarteto, la formación que acompañaba a Vai arrancó con una potencia demoledora.
El tributo a ese disco excepcional se fue cumpliendo sin pausas interpretando una por una todas sus canciones, intercaladas con temas de otros discos y, como viene observándose con la mayoría de los músicos que desembarcan por estas tierras, el resto de la banda estaba compuesta por gente mucho más joven y dueña de un virtuosismo arrollador.
Guitarrista fabuloso más una banda extraordinaria es un combo donde difícilmente algo pueda fallar o salirse de lugar. Y eso ocurrió en esta ocasión, donde nada sucedió fuera de libreto y donde hubo momentos de exquisitez, para la emoción, de intimidad y, obviamente, de puro rock. También hubo, y se notó mucho, un verdadero gusto por estar en ese lugar y a esa hora compartiendo su arte con todos los que colmamos el teatro.
La exquisitez apareció por el lado de las magnificas interpretaciones de Vai que, por momentos, parecían hacer estallar los parlantes y hasta el equipo mismo de sonido; la emoción se asomó en diferentes momentos desde la pantalla de alta definición que completaba la escenografía: por allí pasaron Brian May, Joe Satriani, John Petrucci y también el inolvidable Frank Zappa.
Construyeron una especie de contrapunto a la distancia entre los músicos haciendo lo suyo en el escenario e interactuando con lo que se veía y escuchaba desde la pantalla, logrando un ensamble tan ajustado como si estuvieran comunicados en esos mismos momentos.
Steve Vai y Frank Zappa
Lo intimista, la perla del recital, sucedió casi en el cierre cuando Vai bajó del escenario mientras ejecutaba una canción caminando por el pasillo de la platea; pasó a nuestro lado y hasta se dio el gusto de tocar parte del tema con una dama abrazándola por la espalda junto con su guitarra.
La ovación que coronó su regreso al escenario fue conmovedora; nos convenció que habíamos sido afortunados testigos del show de un monstruo donde la guitarra es una prolongación de su propio cuerpo y, también, del vigor de un tipo de 57 años con un dominio escénico tan elevado como cada uno de los prodigiosos riffs que desgranó durante toda la noche.
- De lo mejor que he visto, me dijo Fernando cuando terminaron los bises y buscábamos la salida del teatro.
No pude desmentirlo. Era imposible hacerlo. Las cuadras que caminamos, las cervezas y comentarios que compartimos hasta la madrugada fueron el epilogo para la admiración con la que luego nos fuimos a dormir.
No fue poco. Arrancamos con dudas y timidez para comprar las entradas y acabamos extasiados. Fue el mejor premio y también la valoración más justa para la decisión que habíamos tomado.
Y un deseo ferviente que quedó flotando en el aire: que se repita. 

4 de marzo de 2017

Carl's Palmer - ELP Legacy

Amsterdam 1976
Caminando hacia el Teatro El Círculo surgió de improviso en mi memoria, el recuerdo de una doble hoja central de la vieja y legendaria revista Pelo pegada en la pared de mi cuarto.
Allí se veía un Carl Palmer con pelo largo, transpirado, el torso desnudo y oculto detrás de una maraña de los instrumentos de percusión que componían una gigantesca batería, todo coronado con dos enormes gongs orientales a sus espaldas y los brazos elevados al cielo sosteniendo unos poderosos palillos en en sus manos.
Esa imagen, acaso perdida en alguna de las múltiples y sucesivas mudanzas que signaron buena parte de mi adolescencia, había pasado al olvido hasta ayer cerca de las nueve de  la noche cuando, por segunda vez en veinte años, volvería a ver al hombre de la fotografía.
Coqueto y arreglado, el Teatro aguardaba casi en penumbras el comienzo del espectáculo mientras los más rezagados apurábamos el paso rumbo a nuestras ubicaciones.
El escenario, absolutamente despojado de cualquier ornamentación, mostraba un solo instrumento: una batería relativamente modesta comparada con desmesuras de otros tiempos y al fondo una pantalla gigante donde un logo de británico estilo anunciaba el tributo del gran Carl Palmer a Keith Emerson y Greg Lake, sus viejos compañeros de ruta fallecidos en 2016.
Con inglesa puntualidad, como ocurre en este tipo de conciertos, el trío que completaban Paul Bielatowicz y Simon Fitzpatrick aparecieron tranquilamente y se encaminaron a ocupar su sitio entre aplausos para iniciar un show que iba a estar motorizado por un soporte rítmico como pocas veces puede escucharse.
El arranque fue con Hoedown y, a continuación, todos reconocimos los acordes de Peter Gunn y nos preguntamos también ¿tiene sesenta y seis años? La respuesta la dio el mismo Palmer cuando, tras un par de temas infernales y visiblemente agitado por el esfuerzo, saltó de su taburete para presentar a sus acompañantes casi con un hilo de voz y anunciar la pieza siguiente con un dificultoso pero entendible español.
Imposible que eso no ocurriera, pero más increíble aún fue lo que pasó después: el reinicio fue con un ritmo y una intensidad todavía más alucinante, y entonces todos nos volvimos a mirar confirmando que sí, que son sesenta y seis nomás, pero recargados con una vitalidad y energía fuera de lo común.
Luego continuaron sucediéndose otros clásicos de Emerson, Lake & Palmer prolijamente adaptados al sonido y formato de este power trío sin teclados. Los formidables solos de guitarra y de bajo/stick acabaron por reforzar la certeza acerca del efecto multiplicador que el empuje de esos talentosos jóvenes produce sobre esa verdadera bestia desatada entre tambores, redoblantes, bombos y platillos.
Rosario 2017
La mixtura de generaciones produce un efecto más que saludable sobre las complejas melodías ideadas hace cuatro décadas por ELP. No suenan igual, y algunas se nota demasiado la ausencia vocal; pero tal vez por eso mismo ninguna canción de las que conformaron el ajustado set list tuvo ese tufillo a naftalina que este tipo de homenajes suelen tener.
Obras inoxidables como Take a pebble o Lucky man sonaron de un modo, aunque al oído le costara reconocerlas, que resultaron versiones imperdibles. Lo mismo ocurrió con la festejada Pictures at an exhibition, que sólo conserva el comienzo de aquel barroco original y algunas partes que funcionan como separadores para incluir temas de otros álbumes, como el caso de la Danza con los espiritus negros de Works mezclada en el desarrollo de la joya de Mussorgsky.
Un par de horas más tarde habíamos dejado atrás temas como America, The Barbarian y 21 St Century Schizoid Man de King Crimson, y la gente acabó rendida a los pies del, probablemente, más legendario baterista de la historia del rock y cuyo despliegue tuvo su apogeo durante la Fanfarria para el hombre común (que constituyó el primer bis) y que tuvo el ansiado solo de Palmer, quien no dejó instrumento ni parche sin golpear durante ese exclusivo momento. Tres palabras alcanzan para describir lo que vimos en esos minutos de irrepetible calidad: rapidez, maestría y genialidad.
Y entonces, como todo tiene un final, el show de Carl Palmer en Rosario también lo tuvo, y fue con la misma sencillez con que presentó los temas o hacía reverencias para que aplaudiéramos a sus músicos. Simplemente se despidió, nos dijo adiós y todos, en obvio tributo a su exquisita calidad, lo ovacionamos de pie.
Cuando las luces se encendieron, y mientras nos encaminábamos hacia la salida, miré a mi amigo Fernando y se me ocurrió decirle por lo bajo un antiguo pero, creo, no menos certero refrán: “…viejo es el viento y todavía sopla…”.
Fue aquí, en Rosario, en la primera noche de un tórrido mes de marzo donde sopló un inolvidable huracán que tuvimos la suerte de haber visto para poder contarlo pero, sobre todo, para recordarlo como verdaderamente corresponde. 

25 de noviembre de 2016

Adrian Belew en Argentina

El viaje empezó el 21 de noviembre, pero en realidad había largado bastante antes: tal vez la fecha precisa haya sido el mismo día que adquirimos los tickets luego de sortear la absoluta ignorancia del evento por parte de la expendedora de los boletos y de lograr cuatro butacas juntas en la misma fila luego de una ardua búsqueda.
Cuando nos ofertaron la fila 9, con Fernando nos miramos como diciendo “…no será una ubicación top, pero puede andar…”, y así fue, porque cuando salimos del negocio, entradas en mano, ya podía olerse en el ambiente un clima de previa que excedía en mucho la alegría por haber conseguido lo que habíamos ido a buscar en esa mañana de octubre.
Luego vino el intento (estéril, en mi caso) de absorber la discografía completa sumándole la música más esencial de su paso (no menos esencial) por King Crimson; pero eso tampoco importó demasiado a la hora de emprender el camino hacia la Capital Federal.
Al cabo de un puñado de horas, y ya en el enorme hall del coqueto Opera Allianz, ingresamos ansiosos a la sala para verificar la ubicación elegida y fue la primera sorpresa comprobar lo cerca que estábamos del escenario y lo acertado de la elección en el mapa del teatro.
Lo primero, como siempre sucede, fue escuchar a un telonero con canciones propias interpretadas al piano que se la pasó agradeciendo el respeto y el silencio que le prestamos durante su breve y aceptable show.
Luego si, sin mucho trámite, sin ningún anuncio previo, y con la naturalidad que la experiencia, los escenarios y todas las críticas le reconocen, surgieron en fila india Tobias Ralph, Julia Slick y el gigantesco Adrian Belew rumbo a sus instrumentos para hacernos entender que la hora había llegado y que ya estaban listos para entregar una verdadera aplanadora musical.
A puro rock, a puro pulso y a pura inspiración fueron desgranándose pedazos de un repertorio tan amplio como variado y que no dejaba hueco alguno donde imaginar la más mínima fisura: un baterista salvaje y una bajista implacable hacían lo suyo con una solidez tan formidable que la guitarra fluía sobre esa base rítmica en el borde de un descontrol que jamás ocurriría.
Y a eso, debe agregarse la voz, que no es poco y que se ha mantenido como si el tiempo no pasara.
Varias veces Octavio me dijo “…ya está, con esto me pagó la entrada y el viaje también…”, Patricio parecía tan hipnotizado como inmóvil (llegué a dudar de sus parpadeos) y Fernando disfrutaba con ojos entrecerrados acaso intentando retener cada movimiento, cada nota que se entregaba desde el escenario. Yo, más recatado, prefería clavar la mirada en el modo que la batería sostenía unos  ritmos imposibles y las cuerdas de la guitarra se incendiaban mientras luchaban por estallar entre los dedos de su amo y señor.
Hasta que surgió lo inesperado: un complicado cierre de canción acabó con un “…hacemos un break, ten minutes…”, dijeron, y se marcharon dejando la sensación que algo malo había ocurrido con el sistema de sonido o con la parafernalia electrónica de la configuración de los instrumentos.
Minutos de angustiosa espera, de mirar con avidez el frenético trabajo de los ingenieros sobre las computadoras y el retorno a la “normalidad” cuando confirmaron el inconveniente con un sencillo “…estas cosas pasan…”
Antes de arrancar la etapa 2 y tratar de retomar la efervescencia de la primera parte, un simple mensaje fue como una declaración de principios ante tanta reverencia: “…como premio a la paciencia, haremos algunos bonus tracks…” y fue suficiente, como repetiría Octavio más tarde, para sentir que ese gesto equivalía a la plata mejor gastada.
Porque, aunque parezca un constrasentido, asomaron la faceta más humana y la clase de Belew para comprender sin fastidiarse que debería modificar parte del repertorio preparado. Y desde ese momento se sucedieron canciones con diferentes ritmos, con menores trucos de sonido pero entregando toda su pureza, dejando al desnudo la enorme riqueza de su autor y la exquisita comprobación que pertenece al universo terrenal sin pretender mostrarse como otra cosa.
Porque la cuestión fundamental acabó siendo justamente esa: decir con la música, y a partir de un insospechado contratiempo, que nada puede detener el talento, que los sonidos están más allá de cualquier avatar y que el deseo de compartir lo suyo con la gente, del modo que sea, es absolutamente genuino.
Cuando saludaron, cuando no hicieron ningún bis, comprobamos que el héroe de la guitarra (esa noche) había sido tan humano como nosotros, los que lo habíamos contemplado desde la platea.
Atrás habían quedado un par de horas irrepetibles y la certeza de haber escuchado piezas memorables: desde Men in helicopters, Big electric cat o Three of a perfect pair hasta versiones únicas de Matte Kudassai y el fantástico cierre con Indiscipline.
Fue eso y fue todo. No hubo más ¿había más acaso?, ¿queríamos más? Tal vez si pero, al mismo tiempo, tal vez no. Adrian Belew bajó por un rato desde algún incierto lugar para regalar la magia de su música, el exquisito ensamble de experimentación, virtuosismo violero y pop sinfónico en las dosis más exactas que cualquier alquimista musical pueda imaginar.
La yapa, por si hubiese hecho falta, fueron las fotos con él y su autógrafo sobre la entrada.

Y entonces, habiendo superado la medianoche, nos miramos todos a los ojos y en ese momento comprendimos que nos había alcanzado, colmado de tal modo cada uno de los sentidos que el viaje sólo había sido un tránsito, un fugaz paréntesis dentro de un mundo de urbanas excusas para confirmar que algunos elegidos, a veces, se visten de mortales.
Pudimos comprobarlo: estuvimos ahí.

24 de agosto de 2016

Árbol

Terapia Ocupacional - Dibujo by Lupus
En las raíces de su sombra
descansa un puñado de dioses;

en sus hojas brillan tormentas
de almanaques desnudos;

nada detiene un árbol;

ni siquiera el invisible
significado del tiempo

9 de agosto de 2016

Arte Bonsai

Terapia Ocupacional
Pilares del Rosario
Uno por uno, con paciencia y esfuerzo, abrocho doce palitos para tender la ropa en un escuálido trozo de madera numerado hasta el seis.

Voy levantando un pequeño árbol con los temblores más persistentes que los dedos de mis manos pueden fertilizar, y supongo cada broche como una rama florecida sobre ese imaginario tronco que los sostiene a sus costados.

Al terminar, sentado frente al espejo, contemplo el resultado de otro día de terapia; sólo que esta vez se parece, por así decirlo, a una rara especie de parkinsoniano bonsai.

17 de abril de 2014

Esferas

Telón de escenario de Tarja Turunen 
Teatro El Círculo - Marzo 2012
Miraba llover apenas respirando, consumiendo inmóvil las horas tibias del atardecer con una lectura de palabras marchitas y el vago rastro de una caricia anestesiando su cuerpo.

El cielo gris lo había devorado, lo ahogaba en un vacío persistente cubriendo con nubes las señales dibujadas por las gotas del aguacero.

No podía, no sabía, liberarse del hechizo que lo ataba a un manojo de fotos del pasado; se preguntaba por el ritmo de sus latidos: si era ese flaco sonido que mezclaba caminos muertos y laberintos inexplicables o, si aquella humedad que le mojaba la cara y le ardía en las manos no sería espejo de una muda, oscura y sedienta soledad.

Y nadie respondía, nadie escuchaba el rumor de temblores que desnudaba su agitación ni tampoco dejaba advertir la inminencia de su propia tormenta; se había transformado en otra víctima del poder de su mirada y tuvo la certeza que ya no escaparía de ese resplandor tan próximo y lejano al mismo tiempo.

Entonces, con extraña sabiduría, descubrió al fin el único lugar dónde brillarían las pequeñas esferas de sus ojos inertes y se apresuró para ocultar de la noche su destino de pálido arco iris.

Queda poco, se dijo, pero eso, se dijo también, tal vez sea lo de menos…

1 de abril de 2014

Olores

Tren de la Costa - Estación Olivos - Buenos Aires
Llevo olores pegados como si fuesen cuerpos injertados, resabios indelebles de aquellos lugares donde mis manos demoraron su paso.

Soy alguien diminuto, acaso intrascendente; alguien que sólo puede cargar como equipaje un puñado de aromas tamizados con sabor a canela y manzanas silvestres.

Esos olores se pueden mezclar, tal vez evaporarse, pero algunos permanecen adheridos a la piel hasta volverse imborrables.

Fue una tarde de verano cuando tuve ocasión de tocarla; cuando se desplegó unos breves segundos y me envolvió con sus cabellos, el contorno de sus pechos intensos y la voracidad de sus labios rojos.

Tengo grabado ese instante en la memoria desde entonces; y también el perfil de su cara desapareciendo al final del andén.

Lo recuerdo hoy, a la hora de la siesta y cuando todos los trenes pasan de largo sin detenerse desde hace meses porque ya nadie desciende en esta vieja estación.

Aún así, estoy decidido a esperar: conservo para ella un olfato devastador.